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La posesión es siempre un asunto delicado. El deseo de poseer es innato en la gente. Los niños en sus juegos arguyen en voz alta: "¡¡Eso es mío!!" Aunque los adultos usualmente tienden a ser más civilizados en esto, hallarás que con frecuencia el mismo sentimiento se expresa enérgicamente: "¡Yo quiero lo que es mío!"
Dios reconoció esta tendencia en su pueblo e instituyó el Año del Jubileo para enseñarles una verdad espiritual crucial. Cada cincuenta años, toda tierra que se había vendido tenía que restituirse a su dueño original. Y toda porción de tierra que quedaba sin cultivar para recordar a la nación que la tierra no pertenecía a ellos, sino a Dios. Él se las daba (25:2), y ellos la usufructuarían -no como dueños sino como arrendatarios (25:23).
¿Cómo consideras tus posesiones? ¿Te apegas a ellas, o las has reconocido como algo que Dios te ha prestado? Recuerda, un mayordomo es alguien que no tiene nada, pero es responsable de todo lo que se le ha confiado. Para reforzar esa verdad, toma una habitación de tu casa y haz un inventario de todo. Luego escribe sobre la lista estas palabras: "¡Mío por mayordomía, Suyo por posesión!"
Cautividad predicha.
Una de las primeras predicciones de las cautividades asiria y babilónica aparece en la lectura de hoy (26:33-35). Israel sabía desde el principio lo que ocurriría si el pueblo desobedecía la palabra de Dios. Sin embargo, siglos más tarde se cumpliría -¡al pie de la letra!
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